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¿Quiénes somos?

Abriendo los ojos…

Al inicio de un nuevo camino siempre hay una revelación. Para mí, fue mi primer embarazo. Como si sentir la vida en mi, me permitiera  apreciar por fin su valor. Convertirse en padre o madre suele encenderte algunas bombillas : de un día para otro, quieres lo mejor para tu hijo. Somos mucho más exigentes para nuestros hijos que para nosotros mismos.

Hacía tiempo que ya utilizaba productos ecológicos, tanto en la cosmética como en la alimentación. Clasificaba mis residuos, ahorraba agua… Ingenuamente pensaba que ya sabía todo sobre ecología.

Pero me quedaba en la superficie del problema. Por ejemplo, nunca me había preguntado sobre la gestión final de nuestros residuos. Para mí, era obvio que en cuanto desaparecieran  del fondo de mi cubo de basura, desaparecerían para siempre de este planeta. Sin dejar rastro. En cuanto a los otros, los residuos reutilizables, todos se reutilizaban sin excepción siempre que se tiraran en las cajas adecuadas… El vidrio con el vidrio, los plásticos con los plásticos… ¿Porqué este planeta estaba cada vez peor y peor cuando todos hacíamos esfuerzos?

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Empecé a entender que nuestras basuras no nos decían toda la verdad cuando vi el documental Trashed, con el actor Jeremy Irons, que viaja por todo el mundo para estudiar los daños que causan los residuos en el medio ambiente y en nuestra salud. Una película en la que rápidamente comprendemos que nuestro planeta se está asfixiando bajo la contaminación.

Muy pronto, después, conocí a un grupo de personas que, por primera vez, me hablaron de “residuo cero”, del movimiento mundial Zero Waste y de un modo de vida según en el cual, el mejor residuo, es el que no producimos. De minimalismo. De cambiar totalmentes nuestros hábitos de vida. De este frenesí de consumo que está destruyendo lentamente la Tierra. De la abundancia de bienes materiales que al final es pobre de sentido, y que nos lleva a nuestra pérdida.

Todo es demasiado desechable, demasiado inútil, demasiado fácil. Y hay una desconexión total entre el acto de compra y el conocimiento de los canales de fabricación y distribución que hay detrás del producto. ¿Sabías que una simple camiseta, que se vende por término medio a 5,99 euros, recorre unos 40.000 km, el equivalente a dar la vuelta a la Tierra, desde su producción hasta su punto de venta? ¿Que requiere una cantidad considerable de materias primas para su fabricación y que, sin embargo, la tiraremos después de ponérnosla tres veces porque el color ya no nos gusta? ¿Cuándo dejamos de encontrar esto aberrante?

Tuve que abrir los ojos e intentar pensar a otra escala: globalmente, fuera de nuestras fronteras y nuestras comodidades. Al final todo está interconectado, tanto las soluciones como las dificultades.

Fue hace unos 7 años, y sorprendentemente me acuerdo de haber sentido mucho entusiasmo en esta época. A pesar de la dura realidad de lo que estaba descubriendo, estaba llena de esperanza. Pensé que el estado del planeta era tan grave que el mundo entero iba a reaccionar muy pronto, y que yo formaba parte de la generación que cambiaría el mundo. ¡Qué oportunidad! Y qué cantidad de cosas podría contar a mi hija en el futuro.

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Abriendo el corazón…

 

Pero las cosas no han cambiado. Incluso han empeorado. Y mi optimismo ha desaparecido. Cuanto más alarmantes son los informes científicos sobre el clima o la biodiversidad, menos intentamos escaparnos de la catástrofe que se avecina. Empecé a sentirme ansiosa, con miedo al futuro. Tenía dificultades para dormir por la noche, para estar lúcida por el día, para respirar durante mis ataques de pánico… Tenía visiones del fin del mundo que me obsesionaban, de olas enormes, de sequías, de guerras… Sentía que el peso del mundo me oprimía literalmente. Leí muchos artículos, vi unos cuantos documentales, y descubrí que muchos activistas medioambientales estaban en el mismo estado que yo. Eso se llama solastalgia: el estrés del cambio ambiental y el miedo al colapso de nuestra sociedad.

Caí en una forma de depresión, especialmente después del nacimiento de mi segunda hija.

El covid llegó en el peor momento, pero inesperadamente me dio el impulso para encontrar paz, y sobre todo un sentido a todo esto. Así que empecé  (con sesiones de psicoterapia) , y también yoga y meditación. Busqué lo positivo en todas partes, todo el tiempo y especialmente en mí misma.  Conecté con la naturaleza para entenderla mejor y ayudarla a mi nivel. Puse las manos en la tierra, observé los insectos y los pájaros. Comprendí la importancia de dejarme llevar por las estaciones y de apreciar cada una de ellas. Comprendí que no podíamos evitar que ocurrieran las catástrofes, pero que tal vez podíamos adaptarnos  viviendo de forma diferente, empezando ahora. Comprendí que, como mujeres, teníamos un papel esencial que desempeñar en este nuevo mundo que se avecinaba, y que tendríamos que avanzar juntas y solidarias.

Comprendí que debíamos tomar otro camino, con los pies en la tierra y la cabeza en las estrellas, y decidí llevaros conmigo.

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