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Ecología: la pequeña y la gran escala

La lucha contra el cambio climático puede hacerse a varios niveles: a gran escala, o sea a nivel de las instituciones, los Estados o las empresas, y a nivel de nosotros, los consumidores, los ciudadanos. A menudo hablamos de nuestros pequeños gestos ecológicos, pequeños gestos que, considerados en conjunto, pueden marcar una gran diferencia,… ¡la unión hace la fuerza se dice! Aunque la intención es buena, la realidad es que a veces podemos sentirnos como presionados por todos estos encargos de comportarnos de forma más ecológica, especialmente cuando en nuestra vida ya nos falta tiempo, dinero o ambos.

¿Quieres salvar el planeta? Entonces no hagas esto, no hagas aquello, consume así, y no así, y toma el ejemplo de esos ecologistas que lo hacen todo perfectamente como si su vida fuera realmente como una cuenta de Instagram..

Es la famosa teoría del colibrí, la que nos enseña que mil pequeños gestos valen tanto como una acción a gran escala. Lo cual es cierto, pero últimamente me parece que al famoso colibrí le cuesta un poco motivarse.

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Porque son muchos, todos estos voluntarios ecologistas que querían cambiar el mundo, y que se han agotado literalmente ante las numerosísimas contradicciones de nuestra sociedad de consumo.

Una sociedad que va a pedir a los ciudadanos que ordenen sus correos electrónicos mientras los bosques arden, que bajen la calefacción mientras algunos van a volar todo el invierno en aviones privados…

La clave de un compromiso ecológico coherente, a pequeña y gran escala, es ésta: órdenes de magnitud.

Seamos conscientes del alcance de nuestras acciones y de su impacto real. Porque como nos recuerdan incansablemente los científicos de todas las ramas…: ya saben… los informes del IPCC… que nadie se molesta en leer… Pues bien, como nos recuerdan los científicos del IPCC, ante la emergencia, ya no podemos elegir, debemos priorizar lo que tendrá mayor impacto.

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Sobre todo porque hacer recaer en los ciudadanos la responsabilidad de la transición ecológica es muy conveniente, ya que impide a nuestros dirigentes políticos y económicos abordar los verdaderos problemas.

Este es el límite de nuestro pequeño colibrí: el compromiso individual, incluso el más sincero y militante posible, nunca tendrá tanto peso como un cambio estructural que sólo puede venir de nuestros gobiernos u organismos nacionales e internacionales.

Míralo de esta manera: si todos los ciudadanos, sin excepción, de un país como Espana cambiaran su estilo de vida de la noche a la mañana, dejando de viajar en avión, haciéndose estrictamente vegetarianos y viviendo en viviendas renovadas térmicamente, sólo conseguirían reducir la huella de carbono del país en un 45%… Y

eso si y sólo si TODOS los ciudadanos fueran perfectamente ejemplares, lo cual es totalmente utópico, sobre todo si tomamos en cuenta las disparidades de ingresos.

Recuerda… los órdenes de magnitud… la pequeña y la gran escala…

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Así que eso no significa que debamos no hacer nada y correr en Amazon para asaltar los almacenes chinos… No es que las “pequeñas cosas” no cuenten, es que no son suficientes… Pero sí cuentan.

Por lo tanto en ningún caso deben ser una excusa para ocultar la inacción ecológica a nivel colectivo y político, y para hacer sentir culpables a personas que a veces viven en situaciones precarias, mientras que al mismo tiempo nuestros gobiernos se pisotean alegremente los acuerdos climáticos de París.

Así que me vas a decir: ¿qué hacemos ahora?

No pretendo tener la respuesta, pero creo que debe estar en torno a un punto de equilibrio. Ya no podemos “no hacer nada” o “no ver nada”, eso sería inconsciente.

Pero hay que hacer lo que se pueda, con la mayor buena voluntad posible, y fijarse objetivos que sean alcanzables, porque si te presionas demasiado se desanimaras.

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